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Lagos que agonizan: Los cuerpos de agua que aún resisten al colapso ambiental

EcoPeriodismo | 31 Dic 2025

Lagos que agonizan: Los cuerpos de agua que aún resisten al colapso ambiental

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Basura plástica y otros desechos sólidos se acumulan en la desembocadura de un cauce en Ciudad Sandino, uno de los puntos más contaminados del lago Xolotlán en Managua, Nicaragua. • Foto: EcoPeriodismo / Onda Local

Si los lagos no existieran, nuestras vidas serían más cortas, más secas y más frágiles. No habría reservas naturales de agua dulce que amortigüen las sequías ni ecosistemas que regulen el clima local. Tampoco existirían muchos de los paisajes que sostienen economías enteras, ni los espacios donde se entrelazan cultura, memoria y subsistencia. 

Sin lagos, el planeta sería más desigual, el agua potable sería más escasa, la biodiversidad más pobre y los conflictos por el agua más frecuentes. Ese escenario, que parece lejano, se evidencia al recorrer Centroamérica, una región con pocos lagos naturales y con una presión creciente sobre ellos.

En Centroamérica los lagos son escasos. Inventarios oficiales de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y de las autoridades ambientales de los países centroamericanos coinciden en que existen apenas diez lagos naturales en Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua.

Todos cumplen funciones clave para el abastecimiento humano, la pesca artesanal, el turismo y la regulación climática local. Al mismo tiempo, todos enfrentan algún nivel de presión humana; descargas de aguas residuales sin tratar, expansión urbana desordenada, contaminación por plástico y otros desechos sólidos, agricultura intensiva y una débil gestión integral de cuencas. No todos están colapsados, pero ninguno está libre de riesgo.

Atitlán, espejo de un paraíso frágil

En Guatemala, la tensión entre belleza natural y deterioro ambiental se expresa con especial claridad en el Lago de Atitlán, descrito en 2008 por National Geographic como uno de los lagos más bellos del mundo. Rodeado por volcanes y pueblos mayas, Atitlán es también un lago especialmente vulnerable por una característica que condiciona su futuro, es una cuenca endorreica, es decir, cerrada, como explicó el director ejecutivo de la Autoridad para el Manejo Sustentable de la Cuenca del Lago de Atitlán (AMSCLAE), Marvin Pérez, “en el caso de la cuenca del Lago de Atitlán todo lo que aquí se genera y si no se gestiona bien, aquí se va a quedar”, es decir, lo que entra al sistema, permanece ahí.

Esa afirmación cobra sentido cuando el lago se recorre a ras de agua. Un recorrido realizado por Onda Local en Santa Catarina Palopó, uno de los pueblos indígenas mayas asentados a la orilla del lago, permitió constatar que Atitlán no es únicamente un paisaje turístico. Es parte de la vida cotidiana. En sus orillas, algunas personas llegan a lavar ropa, otras se bañan y muchas más interactúan con el agua como lo han hecho durante generaciones. El lago es, al mismo tiempo, sustento, espacio doméstico y atractivo económico.

El trayecto desde Panajachel hasta Santa Catarina Palopó toma entre 20 y 30 minutos en tuc-tuc, uno de los medios de transporte más comunes de la zona. Parte del camino bordea el lago y ofrece una vista amplia y serena; el agua, los volcanes y las comunidades ribereñas construyen una imagen que parece inalterable. Al ingresar al pueblo se encuentran los puestos de artesanías coloridos y profundamente representativos de la identidad guatemalteca, los cuales dan la bienvenida a visitantes y recuerdan que el turismo es hoy una de las principales fuentes de ingreso de la región.

Durante el recorrido, el diálogo con Alexander (así nos ha pedido llamarle en este reportaje), el conductor del tuc-tuc, puso palabras a una percepción compartida por muchas personas. Alexander tiene 23 años y ha vivido toda su vida en Panajachel. Ha trabajado en distintos oficios para sobrevivir y hoy recorre a diario la ribera del lago. “Antes el lago era más limpio”, contó sin dramatismo, desde la experiencia cotidiana. Dijo que ahora se nota más contaminación, más presión, más basura. Aun así, habló con orgullo. Para él Atitlán sigue siendo “un lago muy lindo” y quienes viven en sus alrededores “se sienten orgullosos de tenerlo”. Su testimonio deja claro el amor profundo por el lago y la conciencia creciente de su fragilidad.

Esa fragilidad no siempre se percibe a simple vista. Desde la ciencia, la salud del lago no se mide por su color turquesa, sino por su comportamiento ecológico. Fátima Reyes, jefa del Departamento de Investigación y Calidad Ambiental de la Autoridad para el Manejo Sustentable de la Cuenca del Lago de Atitlán (AMSCLAE), explicó que el estado del lago se evalúa a partir de su estado trófico. 

“Un lago oligotrófico es un lago que tiene poca productividad, poca contaminación. Un lago mesotrófico es un lago medianamente contaminado y un lago eutrófico es un lago muy, muy contaminado”, detalló.

Según Reyes, “el Lago Atitlán actualmente se encuentra entre oligotrófico y mesotrófico”, pero ese equilibrio es inestable y cambia con la lluvia, la temperatura y las actividades humanas. En algunos meses, explicó, “pueden haber florecimientos de cianobacterias”, mientras que en los meses fríos el lago tiende a condiciones más estables.

En San Pedro de La Laguna el Ministerio de Ambiente y Recursos Naturales (MARN-Guatemala) y el Comando Naval del Lago de Atitlán, realizaron una jornada de limpieza para el retiro de desechos sólidos flotantes en las playas de este municipio. Foto: AMSCLAE

La advertencia es clara. Al consultar sobre la posibilidad de que Atitlán alcance niveles más altos de contaminación, Reyes indicó que es un riesgo inminente, aunque no habló de plazos, porque intervienen muchas variables, pero enumeró los factores que empujan el deterioro; la agricultura intensiva, el cambio de uso del suelo, la deforestación, la sobrepoblación dentro de la cuenca y el cambio climático. “Los lagos retienen mucho calor, entonces cualquier cambio ambiental inmediatamente se ve reflejado”, explicó, subrayando que el aumento de temperatura favorece una mayor productividad biológica y acelera los procesos de degradación.

Desde AMSCLAE, las dos fuentes principales de contaminación están claramente identificadas. “todo el tema de la agricultura y el mal manejo de las aguas y desechos residuales” expuso Reyes

No se trata de un derrame puntual, sino de un proceso acumulativo ligado al crecimiento demográfico y al cambio de hábitos. “No es lo mismo 1,520 personas a 100,000 personas que ya empiezan a utilizar agroquímicos, que generan más aguas residuales, más desechos sólidos”. El turismo, además, amplifica ese impacto de forma estacional. 

Ese patrón se refleja con fuerza en Panajachel, uno de los principales polos turísticos del lago. Desde la municipalidad, la lectura es territorial. Hansel Aveldaño Velázquez, director de Gestión Ambiental del municipio, advierte que los esfuerzos locales chocan con una realidad mayor. 

“Nosotros estamos en el área baja de la cuenca, pero está el área media y el área alta. Normalmente el área baja recibe los impactos de todas las comunidades de arriba”, explicó, además agregó que Incluso con buenas prácticas locales todo va a caer al Atitlán, si en las partes altas no hay una gestión adecuada.

Se recolectaron 170 quintales de desechos sólidos en una jornada realizada en el lago Atitlán. Foto: AMSCLAE

Panajachel ha intentado responder desde hace años. “El reciclaje aquí se viene manejando desde el año 2004”, relató Velázquez, aunque al inicio era un esfuerzo pequeño y no municipal. La separación de residuos comenzó de forma primaria alrededor de 2013 y se amplió a reciclaje en 2020. 

El impulso más fuerte llegó con el Acuerdo Gubernativo 164-2021, que obligaba a la separación secundaria de residuos en todo el país. Aunque ese acuerdo fue posteriormente dejado sin efecto por la Corte de Constitucionalidad, Panajachel decidió continuar. “Está sin efecto, pero seguimos los pasos de ese acuerdo, porque es la única herramienta que nos lleva a una sostenibilidad ambiental en el tema de residuos”, afirmó Velázquez. 

Hoy el municipio cuenta con centros de acopio, un centro de reciclaje en terreno municipal y rutas diferenciadas del tren de aseo. Aun así, el reto persiste. “Lo ideal sería que ningún material reciclable ni orgánico llegara al sitio de disposición final”, reconoció Velázquez, a la vez que advirtió que todavía hay un porcentaje de la población que no clasifica su basura. Eso obliga a reclasificar manualmente y refuerza la necesidad de educación ambiental constante.

El turismo, motor económico del municipio, también dispara la generación de residuos. Velázquez explicó que definitivamente los picos suben demasiado. “La comunidad fluctuante viene, genera y se va”, marcando momentos críticos como Semana Santa, ferias locales y fin de año. 

Para evitar que esa presión termine directamente en el lago, Panajachel mantiene brigadas permanentes de limpieza en la playa pública. “El equipo recoge temprano lo que el turista deja y lo clasifica antes de que llegue al agua”, explicó. El objetivo es simple y urgente; que los residuos no crucen la última frontera hacia el lago.

En materia de aguas residuales, el municipio también ha invertido. Actualmente opera una planta de tratamiento y está por poner en funcionamiento una segunda, Tzanjuyú una planta subterránea con tecnología automatizada con capacidad para tratar el caudal de diseño de 15 litros por segundo.

Estas acciones se enmarcan en una normativa específica para Atitlán, más exigente que la nacional, que obliga tanto a municipalidades como a hoteles, restaurantes y otros generadores de aguas residuales a tratar sus descargas antes de verterlas al lago.

Sin embargo, tanto AMSCLAE como la municipalidad coinciden en que las normas y la infraestructura no bastan. “La cuenca es mi casa y yo soy responsable de mi casa”, dijo Reyes, apelando a la corresponsabilidad. Cumplir la normativa, sostener los servicios y asumir que todo servicio tiene un costo es parte de la solución. Por su parte Pérez añadió otro límite estructural; la autonomía municipal. Afirmó que puede haber planes y políticas, pero sin voluntad política para ejecutarlos, se quedan en el papel.

A pesar de las jornadas de limpieza en San Pedro de La Laguna, Atitlán sigue siendo contaminada por otros municipios que la rodean.  Foto: AMSCLAE

La paradoja de Atitlán es que todavía no está en una etapa crítica pero no tiene una gestión adecuada. Aún se puede nadar en algunos puntos, aún sostiene el turismo y la vida cotidiana que Alexander recorre cada día en su tuc-tuc. Pero, precisamente por ser una cuenca cerrada, lo que hoy no se gestiona no desaparece. Se acumula y se queda.

“Para mí es el lago más bello del mundo, y sería una lástima que de aquí a 30 o 40 años siga sufriendo”, lamentó Velázquez. Entre la ciencia que advierte, las municipalidades que invierten y las comunidades que viven del lago, el tiempo es un factor decisivo. Lo que no se cuide hoy en la cuenca, será mañana el límite de la vida que Atitlán todavía sostiene.

Lago de Amatitlán: Cuando la contaminación se volvió parte del paisaje

El escenario cambia de forma abrupta cuando el recorrido se traslada al Lago de Amatitlán. A diferencia de Atitlán, donde la belleza todavía oculta parte de la fragilidad, en Amatitlán la contaminación es visible y se ha vuelto parte del paisaje cotidiano. Ubicado en el área metropolitana de Guatemala, el lago ha recibido durante décadas las presiones combinadas de la expansión urbana, la industria y la agricultura, convirtiéndose en uno de los ejemplos más claros del colapso ambiental asociado a la ciudad.

Esta situación ha sido documentada desde hace años. Un estudio elaborado por Mauro Romeo Molina López en la Universidad del Valle de Guatemala advertía ya en 2005 que la contaminación del lago de Amatitlán producto de las diferentes actividades humanas, entre ellas la desestabilización de los ríos, la deforestación y la generación de desechos sólidos y líquidos de las áreas urbanas, había deteriorado gravemente la calidad del agua. 

El estudio advierte también sobre la incidencia de la contaminación del sector industrial, comercial y agropecuario, configurando una presión acumulativa sobre el ecosistema.

El diagnóstico fue contundente al afirmar que el lago es considerado el segundo recurso hídrico más contaminado de Guatemala después del río Las Vacas. La investigación evidenció que esta degradación ha repercutido negativamente sobre la vida acuática del mismo, entre ellos los peces, afectando de manera directa a la pesca artesanal. 

El estudio concluye que el problema trascendía lo ambiental y alcanzaba el ámbito de los derechos humanos, al señalar que los derechos del sector pesquero han sido violados por el Estado al no haberse aplicado la legislación correspondiente en materia ambiental, de acuerdo con la normativa nacional y los acuerdos internacionales.

Dos décadas después, el lago continúa mostrando signos de deterioro, parece moverse hoy en una frontera incierta. En octubre de este año, un nuevo mensaje introduce una pregunta incómoda y necesaria: ¿Está el lago realmente perdido o todavía guarda una posibilidad de recuperación?

La Autoridad para el Manejo Sustentable de la Cuenca del Lago de Amatitlán (AMSA), junto con la Fundación para el Ecodesarrollo y la Conservación (FUNDAECO), presentó los resultados de tres años de monitoreo biológico de aves e inauguró la Temporada de Monitoreo 2025–2026. En su comunicado, la autoridad ambiental reconoció el contexto adverso, “a pesar de las presiones ambientales que enfrenta el lago, incluyendo contaminación, sedimentación y expansión urbana, Amatitlán continúa mostrando señales de vida”.

Entre enero y noviembre de 2025 se han extraído un total de 55,958 metros cúbicos de residuos, desechos sólidos y plantas acuáticas del lago Amatitlán. Foto:AMSA 

La afirmación abre un resquicio de esperanza. Según AMSA, los resultados del programa, establecido en 2022, indican que el lago “continúa siendo un hábitat estratégico de biodiversidad”, especialmente para aves migratorias que cruzan el continente desde regiones boreales hacia el sur de América. 

La institución destacó que el ecosistema todavía cumple una función vital; “su disponibilidad de alimento y áreas de descanso permite que aves migratorias, afectadas por tormentas o huracanes durante su travesía, utilicen este ecosistema como refugio temporal para recuperarse y continuar su ruta”.

Pero el contraste es inevitable. ¿Cómo conciliar estas señales con el diagnóstico histórico que lo ubica como uno de los cuerpos de agua más contaminados del país? ¿Puede un lago profundamente eutrofizado, receptor de desechos urbanos durante décadas, sostener a largo plazo esa biodiversidad que hoy resiste? La propia información oficial parece sugerir que lo que sobrevive no es el equilibrio del ecosistema, sino su capacidad de aguantar.

La historia de Amatitlán obliga a mirar con cautela el discurso de la esperanza. Desde 2005, estudios advertían que la contaminación había erosionado no solo la vida acuática, sino también los medios de subsistencia y los derechos humanos de las comunidades pesqueras. Dos décadas después, el lago sigue acumulando impactos, aunque conserve funciones ecológicas parciales. La pregunta ya no es si aún hay vida, sino cuánto tiempo podrá sostenerse bajo las mismas presiones.

Las acciones institucionales, los programas de monitoreo y las alianzas con organizaciones ambientales muestran voluntad técnica y política. Sin embargo, el propio reconocimiento de AMSA, contaminación, sedimentación, expansión urbana, apunta a problemas estructurales que no se resuelven solo con buenas intenciones.

Existen diferentes acciones de limpieza en el lago Amatitlán, pero aún falta llegar a las fuentes de origen de la contaminación. Foto: AMSA

Amatitlán parece hoy suspendido entre dos relatos. Uno, el del colapso anunciado, construido por años de evidencia científica y social. Otro, el de una resiliencia frágil, documentada por aves que aún encuentran refugio donde el agua sigue siendo tóxica para la pesca y el contacto humano. Entre ambos escenarios surge una pregunta ¿Tiene el Lago de Amatitlán una verdadera oportunidad de recuperación o estamos presenciando los últimos signos de un ecosistema que resiste sin garantías de futuro?

La respuesta no está solo en los comunicados ni en los monitoreos. Está en si las acciones estructurales, como saneamiento efectivo, control de descargas y gestión integral de la cuenca, acompañarán esa esperanza incipiente. Porque, como demuestra la propia historia del lago, la biodiversidad puede resistir un tiempo, pero no indefinidamente. Y el margen para decidir si Amatitlán será un símbolo de recuperación o un recordatorio del abandono se está agotando.

Xolotlán, otro manto de agua en agonía pero aún a tiempo de salvar 

El recorrido de Onda Local continúa hacia el sur de Centroamérica, hasta el lago Xolotlán, también conocido como Lago de Managua. Aquí, el paisaje vuelve a cambiar y la narrativa se endurece. Si en Atitlán la contaminación aún se debate como riesgo y en Amatitlán se vive como advertencia, en Xolotlán la degradación se manifiesta de forma cruda, directa e imposible de ignorar.

En el Lago Xolotlán  la contaminación no es un fenómeno reciente ni una sorpresa descubierta en los últimos años. Diversos estudios lo han advertido desde  hace más de tres décadas, por ejemplo, estudios realizados en 1991, documentaron la presencia de mercurio en el lago, uno de los contaminantes más peligrosos para los ecosistemas acuáticos y para la salud humana.

Ese año, un estudio publicado en la revista Ecología Acuática de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN) y la Universidad de Aarhus de Dinamarca, midió el mercurio total en sedimentos, agua, peces y seres humanos en distintos puntos del Xolotlán. La conclusión fue contundente: “los niveles totales de mercurio en los diversos compartimentos de los ecosistemas son muy altos y la contaminación por mercurio en el lago puede considerarse peligrosa para la salud humana”. 

No solo las aguas residuales han causado grave daño al Xolotlán, también existe una alta responsabilidad de diferentes industrias a lo largo de varias décadas. Foto: Ecoperiodismo/Onda Local

El mercurio no se quedó en el fondo del lago. El estudio citado documentó su entrada a la cadena alimentaria. En peces de consumo habitual, como Cichlasoma managuense (guapote), se registraron concentraciones promedio de 0.63 microgramos (µg) en músculo, con valores de hasta 1.45 µg. Cabe aclarar que un microgramo es una millonésima parte de un gramo.

En el hígado, las cifras fueron aún mayores. Pero quizá el dato más alarmante aparece en los cuerpos humanos: los análisis de cabello de pescadores y sus familias mostraron concentraciones promedio de 5.03 µg, con casos extremos que alcanzaron 38.22 µg. En trabajadores de ELPESA, la cifra promedio fue de 91.24 µg, con máximos de 724.53 µg.

Estos hallazgos conectan directamente al Lago Xolotlán con uno de los episodios más graves de contaminación por mercurio en la historia ambiental mundial: la enfermedad de Minamata, ocurrida en Japón a mediados del siglo XX. Allí, la descarga industrial de mercurio en cuerpos de agua provocó una tragedia sanitaria: daños neurológicos severos, malformaciones congénitas, pérdida de visión y audición, parálisis y muerte. 

El mercurio, especialmente en su forma de metilmercurio, es altamente tóxico porque se bioacumula en los organismos y se biomagnifica a lo largo de la cadena alimentaria, afectando con mayor intensidad a quienes consumen pescado contaminado, así como a fetos, niñas y niños en etapas tempranas de desarrollo.

En la desembocadura de este cauce ubicado entre el municipio de Ciudad Sandino y Mateare, las aguas presentan un color negro intenso. Foto: EcoPeriodismo/ Onda Local

El caso del Xolotlán muestra un patrón similar: descargas industriales, acumulación en sedimentos, presencia en peces y evidencia de exposición humana. A diferencia de Minamata, aquí la contaminación no detonó un escándalo internacional ni una respuesta sanitaria proporcional. Permaneció durante años como dato científico archivado en revistas especializadas, mientras el lago seguía recibiendo descargas.

La Empresa Nicaragüense de Acueductos y Alcantarillados (ENACAL), asegura que el Lago Xolotlán sigue bajo observación técnica. “Como parte del seguimiento al comportamiento de la calidad del agua en el Lago Xolotlán, ENACAL ejecuta monitoreos dos veces al año en puntos previamente seleccionados”, señala la institución. Sin embargo, no detalla resultados, concentraciones ni tendencias. El monitoreo existe, pero los datos permanecen fuera del alcance público.

Ese silencio institucional contrasta con lo que se observa en el territorio. Durante un recorrido realizado por Onda Local en zonas críticas de la ribera del Lago Xolotlán, la contaminación no aparece como una hipótesis pendiente de confirmación, sino como un hecho visible. 

En la desembocadura de cauces que atraviesan Ciudad Sandino, el agua llega al lago con un color oscuro, espeso, acompañado de olores fuertes. A lo largo de la orilla se acumulan plásticos, restos domésticos y desechos arrastrados por los cauces desde barrios ubicados en las cercanías del lago. No hay señalización de riesgo, ni información que advierta a las comunidades sobre posibles afectaciones sanitarias.

En esta parte del lago de Managua hay tanto plástico que hay personas que se dedican a recolectar estos desechos para después venderlos a las empresas recicladoras. Foto: Ecoperiodismo/Onda Local

El Xolotlán aparece como un cuerpo de agua permanentemente examinado, pero raramente explicado. Se toman muestras, se anuncian monitoreos, pero los datos no dialogan con las comunidades que viven a su alrededor ni con las escenas que se repiten en sus orillas. Entre la vigilancia técnica y la experiencia cotidiana se abre una brecha que define el presente del lago: Un ecosistema estudiado durante décadas, y que en la actualidad sigue esperando que la información se traduzca en decisiones, alertas y acciones proporcionales al riesgo que representa.

Cuidar los lagos no es un gesto simbólico

Centroamérica guarda en sus lagos una de las reservas más grandes de agua dulce, que a pesar de su actual situación son importantes para miles de personas, ecosistemas y hasta economías locales. Lamentablemente la presión humana, la contaminación acumulada y una gestión desigual los colocan en una línea cada vez más delgada entre la resiliencia y el colapso. 

Desde la belleza aún funcional de Atitlán, pasando por el crecimiento descontrolado de algas y plantas acuáticas que cubren la superficie de Amatitlán, hasta la contaminación histórica del Xolotlán, estos cuerpos de agua revelan que la crisis ambiental de la región no es un escenario futuro, sino un proceso presente que se manifiesta en sus lagos.

En estos lagos se concentra lo que ocurre en las cuencas que los alimentan: crecimiento urbano sin planificación, agricultura intensiva, descargas de aguas residuales y una gobernanza fragmentada que suele reaccionar tarde. La situación de estos cuerpos de agua no son casos aislados, sino expresiones distintas de un mismo modelo de presión sobre ecosistemas que dadas sus características, acumulan impactos en un mismo lugar en vez de dispersarlos.

La evidencia científica y la experiencia cotidiana de las comunidades coinciden en un punto clave: los lagos pueden resistir durante un tiempo, pero no indefinidamente. La biodiversidad que aún sobrevive y las personas que dependen de estos cuerpos de agua para su subsistencia están sostenidas por equilibrios cada vez más frágiles. Cuando esos límites se superan, la recuperación se vuelve lenta, costosa o en algunos casos imposible.

El futuro de estos y otros lagos centroamericanos no depende únicamente de monitoreos o diagnósticos técnicos, sino de decisiones estructurales. Saneamiento efectivo, control real de descargas, ordenamiento territorial, protección de cuencas y acceso público a la información son condiciones mínimas para evitar que estos ecosistemas crucen el punto de no retorno. Sin esas acciones, la contaminación deja de ser un problema ambiental y se convierte en una crisis social, sanitaria y económica.

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