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Amanecer en la frontera sur: la odisea de migrantes mañaneros en Peñas Blancas

Ulises

Otro problema que se está volviendo muy frecuente son los asaltos, “antes no asaltaban a la pobre gente, ahora hay que andar con más cuidado”
Otro problema que se está volviendo muy frecuente son los asaltos, “antes no asaltaban a la pobre gente, ahora hay que andar con más cuidado”

Foto: Ulises

Son las 5:30 am del día sábado 24 de noviembre en el puesto fronterizo de Peñas Blancas. El día empieza a aclarar, los primeros rayos de sol pintan tímidamente de colores una mañana que se asoma empurrada, con una pequeña pero incómoda brisa fría que va y viene.  A esta hora solo se ve a unas cuantas personas en la terminal de buses, entre estas algunos taxistas que esperan pasajeros provenientes de Costa Rica para llevarlos a la ciudad de Rivas.

Bajo una de las estructuras metálicas techadas está doña Mercedes Delgado. Es una de las primeras personas en hacer presencia en el lugar. Ella llega todos los días a las cuatro de la mañana, para ofrecer café con pan y mantequilla a los viajantes. Conoce el teje y maneje de la dinámica migratoria matutina que pulula diariamente en el puesto fronterizo.

“Tengo 14 años de vender café aquí; todos los días vengo a las cuatro de la mañana y me voy a las ocho. Aquí uno ve cada cosa, hay muchas historias de la gente que va y viene todos los días”, afirma doña Mercedes quien a la vez asegura, que en los últimos meses la cantidad de migrantes ha aumentado significativamente. Doña Mercedes ha conocido casos de robos, estafas y otras situaciones adversas a las que se exponen centenares de migrantes cada día.

Media hora después, a las 6:00, llega el primer bus procedente de la ciudad de Rivas. De este bajan personas de todas las edades, pero principalmente mujeres y jóvenes. Un grupo de unas ocho mujeres bajan con varias maletas, se ubican bajo una estructura techada para protegerse de la brisa que cae, bromean entre ellas mientras acomodan varios paquetes de productos en bolsos y mochilas, luego se quitan sus zapatos y se ponen botas de hule, todas usan licras o bluyines, también tiene puestas chaquetas o suéteres.

Una de ellas estiba en un bolso paquetes coloridos de dulces tradicionales; cajetas de coco y de leche, piñonates, churritos de maíz y huevos chimbos, también varias bolsas de rosquillas rivenses. Son para vender al otro lado. Cada semana estas mujeres van y vienen, se internan en territorio tico por veredas, sin papeles, así se ganan el pan de cada día.

“Ellas se la juegan, van a vender cosas allá, ropa, medicamentos, cajetas; a veces las agarra la policía tica y les quita todo, he visto a varias regresarse sin nada, llorando porque lo pierden todo, pero luego vuelven a ir” relata doña Mercedes. Otro problema que se está volviendo muy frecuente son los asaltos, “antes no asaltaban a la pobre gente, ahora hay que andar con más cuidado”, comenta la señora del café.

Mercedes Delgado llega todos los días a las 4 de la mañana, para ofrecer café con pan y mantequilla a los viajantes. Conoce el teje y maneje de la dinámica migratoria  Fotografía / Ulises 

En la medida que el día aclara, el lugar se va poblando más, y en menos de una hora, el bullicio y la algarabía se apoderan del sitio. Aparecen vendedores ambulantes, cambistas y coyotes, a la vez que llegan más buses, a las 6:30 llegó uno procedente de Managua, del que bajan apresuradas unas 50 personas, entre estas quienes van legalmente con pasaporte en mano, pero también quienes cruzan la frontera de manera irregular por los llamados puntos ciegos.

Es la hora en que doña Mercedes vende más, la gente se acumula a su alrededor buscando el café con pan. Ella pregunta si lo quieren negro o con cremora, con o sin azúcar, y lo prepara al gusto del cliente en un dos por tres.  Mientras tanto a la par de ella se ubica una joven que acaba de llegar, en una pequeña mesa pone un balde lleno de nacatamales, lleva también platos y cubiertos desechables y empieza a ofrecer su producto a los migrantes.

“De mañanita es mejor”

“Los coyotes cobran entre 350 y 500 córdobas por pasarte al otro lado, hay varios puntos, si querés pasar por un punto donde no tenés que caminar mucho, tenés que pagar más”, comenta doña Mercedes.

“En el punto por donde más circula gente hay que caminar bastante, unos 45 minutos, hay que pasar por unos barrancos, a la orilla del río, y ahí son unos lodazales, tenés que traer tus botas de hule, pero si no las traes ellos (los coyotes), te las alquilan” relata doña Mercedes quien asegura que ella también ya ha hecho la travesía en varias ocasiones.

Quienes migran de manera irregular, prefieren las primeras horas de la mañana porque todavía no hay presencia de autoridades policiales y migratorias.

Si bien, el mayor movimiento lo generan los que se van, también están los que regresan. Cerca del puesto de venta de doña Mercedes está un pequeño grupo integrado por cuatro jóvenes de aspecto campesino, esperan el bus que va hacia Managua, uno de ellos pregunta cuánto vale el café, y luego regresa a decirle a los otros, uno de ellos comenta que vienen de trabajar en las fincas cafetaleras de Costa Rica.

Trabajo colaborativo entre “coyotes” binacionales

Martín es un joven “coyote” que se gana la vida cruzando gente al otro lado. Está esperando a sus primeros clientes. Como todos los días, pide un café con pan a doña Mercedes, y conversa con ella sobre la jornada.  Le han enviado un WhatsApp diciéndole que ya están cerca y que van en un taxi gris. No los conoce, ni siquiera sabe sus nombres, solo sabe que son una mujer y dos niños. Ellos de él solo saben que viste camiseta celeste con rayas blancas, y que lleva una gorra roja. Martín los llevará por vereda hasta un punto del lado tico, donde unos parientes los estarán esperando para luego seguir su rumbo hacia el interior de la vecina nación del sur.

Martín relata que no recibirá ni un peso de las personas a las que guiará, un coyote tico al otro lado se encargará de pagarle. Es otra forma de trabajar. Él explica que familiares en Costa Rica hacen un trato con un coyote de ese país, a quien le pagan una cantidad considerable de dólares, aunque no especifica cuantos, el recibe 20 por llevarlos a un punto que está como un kilómetro y medio de la guardarraya. “Ese es un arreglo que se hace allá, yo solo los paso y me dan mi parte”, explica.

Diez minutos después, de un taxi gris bajan tres personas, una mujer, un joven y una niña. Son las personas que espera Martín. Van holgados, no llevan mucho equipaje, solo una pequeña mochila cada uno.

Cerca de las ocho comienzan a aparecer más personas que vienen de Costa Rica hacia Nicaragua. El bus que va hacia Managua está por salir. Esa es también parte de la dinámica migratoria de todas las mañanas en Peñas Blancas, muchas personas son viajeros frecuentes, van y vienen. Prácticamente viven en los dos países, como es el caso de Ramón, un joven originario de una comunidad perteneciente al municipio de Tola, que trabaja por temporadas en fincas de la provincia de Guanacaste, reúne dinero y regresa cada tres o seis meses, siempre por vereda, aunque tiene el estatus de refugiado, él no permanece en un solo lugar, como Ramón hay muchos nicaragüenses de origen rural que viven yendo y viniendo.

A la terminal llega un tercer bus. La gente baja, los cambistas ofrecen colones, los vendedores sus productos. Mientras tanto el bus que está por salir hacia Managua, comienza a pitar insistentemente, el cobrador en la puerta anuncia su salida, “¡Managua, Managua, directo!” grita, a la vez que el claxon suena.

Los coyotes cobran entre 350 y 500 córdobas por pasarte al otro lado Fotografía /Ulises 

El pasaje desde Peñas Blancas hasta la terminal del Mercado Roberto Huembes en Managua cuestas 150 córdobas, pero el cobrador del bus de la empresa Pedro Joaquín Valle, pregunta a los pasajeros que si hay quienes van al mercado Israel Lewites, el mismo bus los lleva, pero tienen que pagar 50 córdobas más.  Una señora que va hasta Chinandega paga los 200 córdobas, porque el Mercado Israel salen los Interlocales para occidente. Sin embargo ella misma advierte que “son bandidos, se aprovechan de la gente, porque la terminal de ellos queda ahí cerca del Israel”, la señora chinandegana lo sabe porque es una de esas viajeras frecuentes. Su ruta es Chinandega-San José, San José Chinandega.

Quedan escasos minutos para puntualizar las ocho de la mañana. A esta hora, según los cálculos de doña Mercedes, el grupo de mujeres vendedoras ya cruzó la frontera. Igual las personas que llevó Martín ya deben haberse encontrado con sus parientes en Costa Rica, claro está, siempre y cando no hayan encontrado contratiempos en el camino.  Al menos el sol terminó de salir y la brisa cesó. Más migrantes van y vienen. Unos con papeles y otros sin ellos. Cada uno cargando sus maletas y sus historias.

Doña Mercedes ya está recogiendo sus cosas. Siempre se va a las ocho, podría quedarse y vender más café con pan, pero dice que tiene muchos quehaceres en su casa. El día apenas comienza, y los migrantes mañaneros ya están rumbo a su destino.  Así suelen ser los amaneceres en la frontera sur. Un lugar testigo de muchas historias.

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